EL JAPÓN (año 1929)
por JIDEKO SELLÉS ÓGUINO DE VIDAL

ÍNDICE | 1. El pueblo japonés2.- El Mikado y su corte | 3.- Los daimios | 4.- La reina madre |
5.- La mujer japonesa | 6.- Los niños | 7.- Temma no Tenjin | 8.- El año nuevo |
9.- Fiesta de los difuntos | 10.- Tanabata Sai. Fiesta de las estrellas | 11.- Tsukimi. Fiesta de la Luna |
12.- Shaka Masturi. Fiesta de Buda | 13.- El Fujiyama | 14.- La religión | 15.- Las flores |
16.- El casamiento
| 17.- Las gueishas | 18.- Los monumentos | 19.- Sooshiki (el entierro) |
20.- El Japón
| 21.- La indústria japonesa | 21.1.- La porcelana | 21.2.- Las lacas | 21.3.- El tejido
 

14.- LA RELIGIÓN

estatuas antiguas japonesas very old japanese statues He aquí al buda impasible y hermético, el dios importado de los chinos, rodeado de los dioses de la Fortuna y de la Abundancia, que tanto se venera en el Imperio.

La religión japonesa es de origen divino, lo mismo que el pueblo japonés, Los primeros habitantes del archipiélago fueron dioses y de estos desciende el pueblo actual.

La base de la religión japonesa es el Shinto, el culto de los Kami (dioses) y el de los antepasados. Desde la existencia del Japón el pueblo viene venerando a sus fundadores, los dioses de la Mitología que en los templos de Isé no Teshoko DaiDchingú tienen su cuna. Allí se alza el templo de la diosa del Sol, Amatera, y allí están, como ya hemos dicho, los tres Tesoros Sagrados, donados por ésta a Dchimmú Tenno, primer emperador del Japón. Shinto significa camino de los dioses, porque, al morir, todos toman el camino para convertirse en dios. En todos los hogares japoneses existe un altar, algunos de ellos de verdadero mérito, dedicado a venerar a sus antepasados. Acumúlanse en estos altares los más refinados alardes del arte y de la riqueza, y en ellos se conservan cenizas de los antepasados, ante las cuales diariamente a orar toda la familia, rogando por sus muertos, ofreciéndoles pastas, viandas y saké, encendiendo continuamente papelitos de incienso para que el fuego indique a las almas el camino que deben seguir para llegar a los dioses.

 

Tooro Kiyomizu Puerta y jardín de un templo adornado con tooro (linternas de piedra y bronce). Año 1919.
Tooro Kiyomizu 2007 Puerta a la entrada a los templos de Kiyomizu (Kyoto) en 2007. Actualmente no se puede hacer la foto de año 1929 porque han prohibido el acceso a las escaleras (que estaban a mis espaldas cuando hice la foto).

En todas las ciudades y lugares del Japón existen infinidad de dioses, a quienes se festeja una vez al año.

En las ciudades, los templos están divididos en secciones dedicadas a grupos de calles o manzanas comprendidas de un río a otro, a fin de que cada una de ellas tenga su templo, como sucede aquí con las parroquias, y cada cual en su fecha festeja al dios que le pertenece.

El budismo fué importado mucho después por los chinos, y los sacerdotes budistas corrompieron muy pronto su culto con su avaricia y amor a la molicie y a la ostentación.

 



templo y págoda Kiyomizu kyoto Templo y pagoda en Kyoto año 1929
templo y pagoda kiyomizu kyoto 2007 Templo y pagoda en Kiyomizu 2007.

Llenóse el Japón de templos budistas y hubo muchos adeptos a la nueva religión, pero en el fondo conservábanse fieles al sintoísmo, como algo superior, sobreponiéndolo a las demás religiones, aunque considerándolo compatible con ellas. Dato elocuentísimo y de significación altísima del carácter profundamente transigente—aun en materias tan delicadas como son las religiosas — del pueblo japonés.

El primer católico que pisó las tierras niponas fué Francisco Javier, venerado hoy en los altares. No halló este ferviente misionero español dificultad alguna para exponer y propagar sus nuevas doctrinas por medio de sus predicaciones por la isla. Imperando ya el budismo, no era muy difícil hacer comprender al pueblo la religión cristiana, pues la del dulce profeta de Nazareth es, como la del amable Gautama, una religión de paz y de amor. Los gobernantes del país, sabedores de los intentos del misionero cristiano, dijéronle que los chinos eran sus maestros y que fuese allá a convencerlos, y si éstos aceptaban la nueva religión, ellos, sin discusión, harían lo mismo.

No pudo san Francisco realizar esta obra, pues antes de penetrar en la China, lo sorprendió la muerte. Pero tras él llegaron otros misioneros, y pronto sus predicaciones comenzaron a dar fruto, convirtiendo a numerosos individuos, a familias enteras, hasta llegar a constituir un considerable rebaño de creyentes.

El Shogún hubiera tolerado esta religión ; pero, para hacerle la guerra, los daimios rebeldes la convirtieron en materia política, sin que los misioneros, por su parte, ocultasen su intimidad con ellos, lo que hizo que el Shogún desconfiase y, atento siempre a la política extranjera, supo que España enviaba poderosas flotas a tierras lejanas para apoderarse de ellas, una de las cuales había llegado muy cerca del Japón, a Filipinas, y temió, justamente, que el día menos pensado se presentasen los conquistadores. Expulsó entonces a los misioneros y cerró al extranjero todos los puertos del Japón. No obstante, ocultamente practicábase en él la religión cristiana. Llegaron furtivamente nuevos misioneros, y las rosas del martirologio cristiano comenzaron a brotar en las lejanas tierras, regadas con sangre de los confesores de la nueva religión.

 

dragon en kyoto Fuente representando un dragón, símbolo de larga vida, en un templo de Kyoto.
dragon en kyoto 2007 Fuente a la entrada de un templo en Kiyomizu.

Desde el reinado de Mutsu Hito, abuelo del actual emperador, introductor de numerosas reformas e implantador de tantas costumbres occidentales en el imperio del Sol Naciente, el Japón ha abierto sus puertas a todas las religiones, y en todas las tierras del archipiélago se alzan iglesias cristianas de todas las confesiones, y son innumerables los japoneses convertidos al cristianismo, no escaseando el número de frailes, monjas, sacerdotes y hasta obispos católicos japoneses.

Ancho y abonado campo tienen en el Japón las nuevas doctrinas, sobre todo, y esencialmente, si a su credo de amor y de fraternidad une el aroma sutil de la tolerancia del que está impregnada el alma del pueblo japonés. Todos los dioses se estrechan amorosamente las manos bajo el palio infinito de los cielos del Japón. Es la pura idea de la divinidad — la forma material es accesoria — la que invade el alma nipona. Esto, y cortesía exquisita, respeto profundísimo, arraigadas creencias... Cierta dama japonesa sintoísta, madre de católicos, rehusó respetuosamente ingresar en la religión de Roma por no parecerle correcto abandonar a sus amables, a sus bondadosos dioses, a quienes, con este abandono, inferiría grave e injustificada ofensa.

Durante el reinado de Kinmé Tenno unos peregrinos trajeron de Kudarókoku una estatua de Buda y un makimon (rollo de papel con las oraciones). La estatua fué colocada sobre un altar y ofrecida al culto del pueblo.

 

musumes visitando un templo Las musumés estudiantes visitando un templo de Kyoto.

Al año siguiente se declaró una epidemia atroz y, reunidos todos en consejo, uno de los sabios dijo que la causa de la epidemia no era otra que un maleficio del Buda importado de Kudarókoku ; y el Mikado, convencido de esto, de un empujón lo arrojó dentro de un lago. Entonces, como por encanto, cesó la epidemia en una noche.

Al cabo de algunos años, un comerciante que regresaba a su pueblo con un farol encendido, pasó por la orilla del lago, y de un rayo de luz brotó una voz, llamándolo: «Jonda Yoshimistu, Jonda Yoshimistu, ¡ sálvame !»

Por más que buscó no halló a nadie, e intrigado por lo raro del caso, volvió a la noche siguiente y buscó por todo el lago, inducido por un impulso misterioso, hasta que, al fin, tras concienzudas búsquedas y grandes trabajos, halló en el revuelto fondo la imagen de Buda, pequeñita, de poco más de un palmo de alto, toda ella de oro macizo, con un gran diamante en la frente.

Lo llevó a su casa, y como era muy pobre y no tenía otro lugar donde colocarlo, lo depositó encima de un usú, objeto que emplean los japoneses en

Año Nuevo para amasar el tradicional mochi, y allí lo conservó como un tesoro, adorándolo todos los días, y al morir él, sus hijos continuaron rindiéndole culto, lo mismo que sus nietos, hasta que se extinguió la descendencia de Yoshimistu. Entonces los bonzos tomaron la sagrada imagen y la trasladaron al templo de Shinano no Zenkoodchi, y aún hoy día existe la estatua del Buda puesta sobre un modesto pedestal de usú, como la tenía Yoshimistu en su casa.

 

old antiguo parque de Mukohima Paseo de Mukojima, en Tokyo, junto al río, con sus cerezos en flor.

Según la religión japonesa, las almas, al separarse de sus cuerpos, visitan el templo de Shinano no Zenkoodchi. Hará unos 45 años ocurrió un fenómeno muy curioso. Unos individuos que vivían en la calle Mastuyamachi, de Osaka, eran vecinos de un verdulero llamado Yaoman. Un amigo suyo, pastelero, llamado Manguen, quiso reunir unos cuantos amigos para ir en peregrinación al templo de Zenkoodchi ; pero Yaoman enfermó la víspera de la marcha, y los amigos, no pudiendo esperar, acordaron partir, dejando a Yaoman en estado gravísimo. Al llegar al templo, y estando todos orando, vieron llegar a Yaoman, y sorprendidísimos, le dijeron : «¿Cómo te has atrevido a venir estando tan enfermo? ¿Y cómo has venido solo y no con nosotros?»... Pero el asombro de los peregrinos fué mayor cuando vieron que su amigo había desaparecido. Comentando el caso regresaron a sus casas, y lo primero que hicieron fué ir a visitar a Yaoman; pero cuál no sería su sorpresa al saber por la mujer de su amigo que acababa de efectuarse el entierro de éste...

 

Dícese también que en Zenkoodchi, desde medianoche en adelante, sin saber de dónde llega, prodúcese un rumor de voces que invaden el templo y que se extinguen con las primeras luces del amanecer. Créese que son las almas que acuden a visitar el templo.

Durante las veinticuatro horas que siguen a la muerte, las almas van a y al de Miyojoodchi, existente en la provincia de Kiyushú.

Cuando el enfermo entra en el período agónico, le dan agua con una hoja de shikibi. Los actuales conocimientos higiénicos aconsejan, para evitar los microbios, mojar los labios con algodón esterilizado, y de este modo se les sirve a todos los moribundos el agua de la agonía.

Parque de Uyeno En el parque Uyeno, de Tokyo, los cerezos en flor semejan fantásticas nubes de color de rosa.

A estas hojas de shikibi se les puede llamar hojas de muerto, pues inmediatamente después de haber dejado de existir el enfermo se pone una fuente llena de agua con estas hojas, y con ellas le van mojando los labios constantemente. También se colocan a uno y a otro lado del cadáver dos luces y dos jarroncitos con una ramita de shikibi. En el templo de Miyojoodchi existe un montículo en el que crece abundantemente la planta de shikibi espontáneamente, y lo curioso del caso es que su crecimiento no pasa de medio metro, medida igual a la de las hojas que ponen en los jarrones de los que mueren, alcanzando en los demás sitios la altura de tres metros.

En el templo de Zenkoodchi se admira una lámpara que regaló un devoto riquísimo, haciendo alarde de su riqueza, y a la que dotó con diez mil luces. Llámase esta lámpara Chodcha no Mando : diez mil del rico. Al lado de ella pende otra donada por unos pobres, tan pobres, que entre todos ellos, y eran muchos, no pudieron recoger más que para una luz. Esta recibe el nombre de Gindcha no itto : una luz del pobre, y desde que fué ofrendada no se ha apagado ni una sola vez, pues los devotos que acuden al templo cuidan de que su luz no se extinga. En cambio la suntuosa del rico está casi siempre apagada, señal evidente de que Dios estima más la modesta luminaria de los pobres, que para ella pusieron a contribución toda su buena voluntad y el esfuerzo todo de su sacrificio, que no la vanidosa ostentación del rico, que para satisfacerla sólo tuvo que echar mano a sus riquezas.

Grabado antiguo de Harunobu Estos iris incomparables de los jardines de Jorikiri, Tokyo, constituyen una espléndida fiesta para los ojos. (Dibujo de Harunobu.)

Muchos fieles encienden una lámpara en la llama del Gindcha no itto y la llevan a su casa, conservándola ardiendo día y noche, y cuando mueren, en la misma llama se encienden las dos luces, con lo que el alma encuentra el camino de Zenkoodchi más fácilmente.

Es creencia general que todos los moodcha (difuntos) que visitan este templo, plantan en su montículo una mata de shikibi, y desde allí emprenden el camino del cielo.

Los que verifican el entierro, que son, en su mayoría, bonzos budistas, cierran herméticamente las puertas del altar familiar, y como éste las tiene numerosísimas, en cada una de las que van cerrando colocan un papel cuadrado con el carácter japonés Kumo, y hasta cincuenta días más tarde no las abren.

 

 



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