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Cómo divorciarse de una dominicana (o extranjera)

Es un hecho que, desde que se ha consolidado el mundo de las tecnologías, la sociedad ha cambiado. Las aplicaciones permiten mantener relaciones virtuales con personas en cualquier lugar del mundo. Esto ha hecho que se produzca un cambio en las relaciones personales, aumentado el número de bodas entre personas españolas, y extranjeras. Y cómo no, el aumento de los divorcios entres éstos.

Lo que no han solucionado todavía las nuevas tecnologías, es la manera de hacer más fáciles los divorcios. Ni la entrada del divorcio exprés en España, ni los nuevos mundos virtuales, ponen solución de momento a la ruptura de las parejas. Es un hecho constatado, que cada vez hay más relaciones, más fracasos y más rupturas de relaciones.

Pero vayamos al grano… y a la historia que te quiero contar. Es una historia real – más o menos. Pero podría haber pasado a cualquiera – te podría pasar a ti.

Supón que…

El primer contacto

Conoces a tu pareja en una aplicación de citas. Vive en la otra parte del mundo, pero la tecnología te permite establecer un contacto con ella. Surge el chispazo. Surge la complicidad. Largas horas de videoconferencias, mensajes, llamadas con alguien que está muy lejos de tu hogar. La distancia no es un obstáculo para que surja el amor (o algo que crees que lo es).

De repente surge el amor: tienes a tu chica en el otro lado del océano, pero esto no impide que quieras mantener una relación más formal. El idioma no es un problema, puesto que en la mayor parte de los casos, los españoles buscan relaciones con mujeres de habla hispana. Os lo explicáis todo, surgen complicidades, incluso tenéis cibersexo, y llega el momento de conoceros.

Encuentro en el paraíso

Habitualmente es el hombre el que se desplaza al país de su chica, bien porque los trámites son más fáciles, bien porque la economía de él es mucho más holgada que la de ella. Así que vas. Se produce el encuentro. Ella, cariñosa, pasional, te dice todo aquello que jamás habías oído. Normalmente es más guapa, más joven, llena de vitalidad, que cualquier mujer con la que has estado antes, y te lo hace saber en la cama. Una vez consumado el acto, quedas enganchado como a una droga. Conoces el paraíso, no lo quieres dejar escapar.

A partir de aquí, ya os habéis planteado la necesidad de una boda, de que ella se venga para aquí, (sí, ningún problema, con hijos también). Y empiezan los primeros obstáculos, que irás solucionado por la pasión ciega que te mueve estar con esa mujer tan maravillosa, que te regala los oídos, te mima, te cuida, y que está dispuesta a satisfacer tus necesidades sexuales de formas que no habías conocido hasta entonces.

El mundo se pone en tu contra

Los primeros problemas surgen con amigos y familiares: quién no ha oído aquello de “¿qué estás haciendo, no ves que sólo quiere quitarte el dinero?”, “¿no ves que sólo quiere conseguir la nacionalidad para tener una vida mejor?” ,“¿no ves que no puede funcionar por la diferencia de edad (o de status económico, social, cultural…)?”

Pero tú sigues ciego, sordo y mudo a lo que te dicen. Sabes que es ella, tu media naranja, la mujer que te hará feliz y te cuidará el resto de tus días. Ya tienes una edad, una vida acomodada social y laboralmente, y sólo te queda llenar este pequeño (gran) hueco que tienes en el corazón. Así que sigues adelante.

El infierno burocrático

Surgen los siguientes problemas: el periplo para conseguir que venga a España, es lo más parecido a un juego de rol, en el que tendrás que ir descubriendo los misterios de los trámites burocráticos, administrativos y legales en los que quedas abducido. Meses y meses de trámites – siempre falta un papel, o sobra otro. Visitas a oficinas de la administración, abogados, notarios, más burocracia… Pero esto ya ha quedado muy bien explicado en otros posts de esta web sobre como casarse con una extranjera en España.

Has ganado, el premio es tuyo

Por fin llega el momento. Has conseguido resolver todos los enigmas, has pasado todas las pruebas, y has llegado a la meta. El premio es tuyo: te puedes casar y traerla aquí.

Empiezas una nueva vida, incluso en un nuevo hogar porque ella te ha aconsejado que estaréis mejor en otro barrio, o en otra casa más grande. Se la presentas a familiares y amigos. Todos te miran con cara de… “¡no sabes lo que estás haciendo!”, pero tú eres muy feliz. Jamás lo habías sido tanto. Días de compras para complacerla, noches de cenas y pasión, y cuando llegas a casa después de trabajar… Ahí la tienes para complacerte y cuidarte. La felicidad está instaurada en todo tu ser.

La felicidad es completa

Pero aquí no acaba tu felicidad: te da la noticia de que está embarazada. Quizás tú no querías ( ¿se le olvidó una pastillas? ) quizás ni lo habíais hablado, o quizás sí era lo buscado y deseado por ambos. La culminación de tu felicidad ya es total.

Nace tu bebé, te conviertes en el padre más amoroso del mundo. Lo cuidas y la cuidas a ella, que pobrecita lo está pasando tan mal. Y empiezan las dificultades “de casados “. Noches sin dormir, nervios a flor de piel, un montón de gastos para tenerla complacida, porque al fin y al cabo, ella, ese ser tan maravilloso, te ha escogido a ti, y tú te sientes afortunado. Así que callas, aguantas y piensas que es una etapa y todo pasará.

Aparecen los primeros problemas

El bebé va creciendo, ella está muy cansada, y empezáis a no coincidir en horarios: tú te levantas pronto, y ella tarde. Tú te acuestas pronto, y ella tarde. Pero crees que todo se pondrá en orden.

Las relaciones sexuales han disminuido en frecuencia y calidad, pero sigues pensando que es una etapa. Ya no te acordabas de lo que era criar a un niño, o jamás lo habías hecho. Ella está más irascible, todo lo ve mal, pero sabes que la mujer adorable que conociste, sigue ahí. No saltan alarmas (¿por qué no las quieres ver?).

El niño crece. Empieza el colegio. Sabes que a ella la liberarás, y podrá tener una vida social y laboral más tranquila. Pero extrañamente, ella no acaba de adaptarse a tus amigos, ni a tus familiares, ni a los padres y madres del colegio. Pero sí que se ve con un grupo de gente de su mismo país o culturalmente parecidos, y empieza a salir de fiesta y a llegar a altas horas de la madrugada, en muchos casos con alguna copa de más. La justificas, adaptarse a un cambio de país, de cultura, de amigos, de personas…al fin y al cabo ella está sola aquí y sólo te tiene a ti.

Y las complicaciones no hacen más que crecer… No quiere trabajar o no ve por qué tiene que hacerlo. Se queda en casa y no hace nada, o hace lo justo e imprescindible. El choque sociocultural empieza a hacerse más patente. Las relaciones sexuales son efímeras, y el bolsillo empieza a notar un descenso por todos los gastos que se han ido produciendo durante todo ese tiempo, más ahora con el nacimiento de tu hijo.

La vida se ha convertido en un infierno

Las discusiones van en aumento por cualquier cosa. Cualquier excusa es válida. Las relaciones sexuales son nulas, ya no hay razones para tenerlas. La convivencia se convierte en una tortura, y el castillo de naipes cae de forma estrepitosa. Ya no conoces a la persona con la que te casaste. Se convierte en un ser completamente diferente del que te enamoraste. Y empiezas a plantearte la separación.

Hablas con ella, y se lo comunicas. Así no podéis estar, y si no van a haber cambios, mejor separaros. Su cara se convierte en un mapa, y después de los gritos y acusaciones hacia tu persona, al fin y al cabo no te has dado cuenta pero tú eres el culpable de todo, hay unos momentos de tensa calma… para convertirse en un periodo de nueva y falsa felicidad. Parece que todo va volviendo a su cauce.

Pero no es así… ella ha ido haciendo los movimientos oportunos, para cuando llegue la ruptura definitiva, mientras tú sigues en ese estado de espera, a ver cómo van las cosas.

La decisión

Las cosas cambian. Van a peor. La guerra continua se instaura en tu hogar. Ha llegado el momento: debes ponerle fin a tu historia.

Llegados a este punto, pueden desarrollarse básicamente dos escenarios diferentes: que lleguéis a un divorcio de mutuo acuerdo o a un contencioso. Y en cualquier de los dos casos te vuelves a meter en la rueda de la burocracia y el sistema judicial.

Caso A: el infierno del mutuo acuerdo

Si intentais llegar a un mutuo acuerdo, no será fácil. El divorcio exprés en España, no es ni tan rápido ni tan sencillo como parece. Por más que pruebas con mediaciones y con un mismo abogado, no funciona. Así que cada uno va con su propio abogado, y empieza una lucha de titanes por todo lo que has construido: negociación por la custodia de vuestro hijo, del piso (aquel que pusiste a nombre de los dos), por pensiones…

En el mejor de los casos acabas pactando una custodia compartida o una compartida progresiva, o incluso una exclusiva amplia. El piso para ella. Una buena pensión para tu hijo (no le vas a dar menos de lo que le estabas dando). Y, por supuesto una pensión compensatoria para ella. Una gran pensión para ella. Es el precio de la libertad y de la tranquilidad.

Caso B: el infierno del divorcio contencioso

Pero como no hayas tenido la “suerte” de llegar a un mutuo acuerdo, lo que te espera puede ser peor que todos los periplos que tuviste que pasar para poderte casar. Veamos qué puede suceder.

Te sientes estafado. El paraíso que compraste era una farsa. Y decides luchar por lo que es tuyo, por dignidad, por amor propio y por justicia.

¡Eres un maltratador!

Un día te encuentras con una denuncia por malos tratos, hacia ella o hacia a tu hijo. De esposo y padre perfecto, te conviertes en un presunto maltratador. La noticia corre por tu círculo de amigos, familiares y conocidos. Al fin y al cabo, todo aquello que le dijiste en aquella discusión (que ella grabó), no deja de atentar contra su persona. Y entonces te encontrarás declarando ante comisaría como un presunto delincuente cualquiera.

El infierno con la justicia

La declaración en comisaría se convertirá en declaración ante el Juzgado. Todo va muy rápido. Inexplicablemente, la Justicia ahora actúa con celeridad, y no te escucha cuando les explicas que el que ha estado sufriendo un trato degradante por parte de ella, eres tú. Puedes salir con unas medidas cautelares, como una orden de alejamiento.

En el mejor de los casos, el procedimiento seguirá su cauce, no habrá ninguna medida cautelar. Pero el problema en casa seguirá existiendo. En muchos casos, se ponen en marcha otro organismos: asistentes sociales, atención a la infancia, atención a la víctima de violencia de género… Y cada uno funciona a su manera y bajo sus directrices. Empieza el caos más difícil que vivirás en tu vida. Reuniones con distintas administraciones, con tu abogado, servicios sociales…

Has entrado en la rueda, y ésta gira y gira… Declaraciones y más declaraciones… Vistas en el Juzgado (tú que no habías pisado jamás uno, te conviertes en un asiduo).

¿Cómo podría ser peor?

Probablemente, te quedas sin ver a tu hijo, sin una orden judicial ni administrativa que lo avale. Simplemente porque ella ha decidió que no puedes verlo, y tú no puedes hacer nada (pueden ser muchos meses, incluso medio año o más). La desesperación es grande. Ya no rindes en el trabajo. Acabas yendo a psicólogos, y más psicólogos, coaches, terapeutas… Acabas creyendo que realmente puedes ser un maltratador. Te han destrozado la vida. Te has destrozado la vida, por… ¿amor?

Llegan las medidas provisionales al cabo de tiempo, que aunque se suponen rápidas, han tardado más de cuatro meses en dictar. Por fin alguien dice algo. Pero lo que te dice, no te gusta. De momento, la custodia exclusiva para ella, porque tú tienes un procedimiento penal abierto ( el de malos tratos y el civil de divorcio ) y no te lo pueden dar. Logras ver a tu hijo, pero ya no tienes una casa ni un hogar. Has tenido que mudarte con tu padres, porque entre abogados, psicólogos, pensiones etc., tu economía no da para más. Y sí, debes pagar dos pensiones, una para tu hijo y otra para ella, para que pueda seguir teniendo el mismo ritmo de vida que llevaba.

Tu vida se ha ido a la mierda

Siguen pasando los meses, y tu vida se convierte en una rutina en espera de lo que pasará. Tienes el amor propio por el suelo. Te has abandonado, ya no te arreglas y apenas sales. Tus amigos se olvidan de ti porque cada vez que hablas con ellos, el tema siempre es el mismo, y acabas aburriendo. Tu humor no está mucho mejor. Tu vida se ha arruinado…

Sigue pasando el tiempo, y por fin el juzgado de violencia de género, dicta una resolución. En el peor de los casos, te condenan como un maltratador, por aquellas palabras mal dichas en el peor momento. En el mejor de los casos, sales absuelto: un problema menos, pero el daño ya está hecho.

El final de la pesadilla – ¿o es el final de la esperanza?

Y llegan las medidas definitivas de divorcio, que te organizan la vida: la custodia para quién será (si has salido culpable del procedimiento penal, olvídate de la custodia compartida, y ni soñar con la exclusiva para ti; si has salido absuelto, a menos que hayas podido demostrar todo el complot que te ha hecho tu ahora ex, te podrán dar una compartida). El domicilio conyugal será otorgado a quien tenga el hijo, y en caso de compartida, a la parte más desfavorecida. O sea, como no te hayas casado con una mujer con un sueldo igual o superior al tuyo, ya puedes ir buscando piso definitivamente, y hasta nueva orden.

También se establecerá el régimen de visitas para que puedas ver a tu hijo. Una pensión de alimentos para el menor – incluso si tienes la suerte de que te den una custodia compartida, el desequilibrio económico entre los ex cónyuges será más que patente, por lo que también te tocará pasar pensión.

Y otra pensión para tu ex, por supuesto, una pensión compensatoria por un tiempo determinado. Si has tenido la fortuna de que no haya durado demasiado el matrimonio, el periodo de tiempo que durará dicha pensión será más corto de lo que te imaginabas.

La guinda que faltaba

También se disuelve el régimen económico del matrimonio. Y aquí, ¡¡¡ojo!!

En muchos países, el régimen económico del matrimonio, es el de gananciales, incluido España, con la excepción (entre otras) de Cataluña, en que existe la separación de bienes. Si no habéis hecho capitulaciones matrimoniales que digan lo contrario, estaréis en régimen de gananciales, y casi con total seguridad saldrás perdiendo, porque lo que se haya comprado durante la vigencia del matrimonio, se tendrá que liquidar por partes iguales, aunque todo haya salido de tu bolsillo.

¡Mira qué hiciste trámites para traer a tu ex pareja, a España, pero te saltaste el “pequeño detalle” de cuidar por tu futuro en caso de separación o divorcio!

Te quedas sin dinero, sin piso, sin hijos, sin nada… Y debes volver a empezar.

Una ex es para siempre

Pero no olvides que tu ex no desaparecerá, ni su familia (a quien al final conseguiste traer aquí). Por lo que si bien es cierto que el problema gordo se habrá medio desvanecido, no se habrá esfumado del todo.

Con el tiempo, si todavía tienes humor y ganas (y sobre todo dinero), te volverás a embarcar en un proceso judicial para modificar las medidas que se dictaron en su día. Y continuará la guerra. Tus hijos, crecerán, y te habrás perdido gran parte de sus vivencias, y siempre con el lastre de esa o esas denuncias sobre tus espaldas… Tu vida jamás será la misma.

¿Todavía quieres ser feliz?

Pero si eres fuerte e inteligente, intentarás volver a ser feliz. Eso sí, sin una relación estable que te acompañe, o con una relación basada en lo de “cada uno en su casa, cada uno con su dinero, cada uno con su vida, y nos vemos cuando podamos y queramos”. Tu “conquista de las Américas “, hace tiempo que se terminó… y has puesto fin a la historia…

Colorín, colorado, este cuento se ha acabado

Una historia, eso es lo que he narrado. Una historia que ha salido de la mezcla de los casos que he tenido durante más de 20 años. Los protagonistas, hombre español, mujer dominicana, vienen a colación de los posts publicados en esta web. Pero es aplicable a hombres, mujeres, y matrimonios entre españoles y extranjeros, entre españoles, y entre extranjeros…

Cada pareja es un mundo, y cada caso un universo. Pero por desgracia, la realidad siempre supera a la ficción.

 


Autora: Esther Fernàndez i Lucas
Abogada de familia
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